Un gran día para recordar
Me siento muy orgullosa de compartir mi gran aventura con vosotros, puede sonar a poco si lo comparamos con grandes logros, pero la finalidad es tan bella... el esfuerzo nos hace grandes al conseguir lo luchado.
El pasado Domingo día 22 nos dirigíamos con prisa a la estación de Ramón y Cajal para ir a la Sierra de Madrid y pasar un domingo diferente. Con tan mala suerte (y error nuestro) de no comprar los billetes con anterioridad y no caer en que probablemente podía agotarse las plazas.
Nuestro destino era Cotos pero dadas las circunstancias nuestro viaje iba a llegar antes y nos tocaría estar en Cercedilla. ¡Ya no íbamos a dar la vuelta!
Pero una de mis amigas tuvo la gran idea de que mirara si había alguna cancelación ¡¡¡y justo había tres!! Era el día, estaba claro.
Ya sentadas en un banco del anden esperando el tren, nos quejábamos del calor que teníamos íbamos de nieve total como para que nos hubieran seguido los paparazzis...
Durante el viaje no paramos de hablar, la verdad que cuando nos juntamos hablamos de todo en tan poco tiempo y a una velocidad que parecemos autenticas marujas, pero ¡me encanta! Estos van a ser grandes momentos y el de hoy lo iba a ser más.
Al finalizar el viaje teníamos que hacer un trasbordo en y con tan buena suerte que nos dejaron subir en el tren de las doce en vez del nuestro que era a la una. Porque claro el plan no iba a ser de tranquis, le íbamos a dar al senderismo. Y se agradeció porque jugar en la nieve esta muy bien pero es mejor sentir como luego nos sentimos al conseguir nuestro objetivo.
Parece mentira que queriendo huir de la multitud y que al poder respirar aire puro y paz absoluta, llegue un momento en el que el simple sonido de civilización nos haga sentirnos seguras. Al final por mucho que queramos y necesitemos la soledad en algún momento, lo que nos llena en la vida es la compañía y son los mejores momentos que vamos a tener.
Esto viene a que empezamos a andar relajadas, inexpertas porque a esta edad pues la verdad siempre estamos pendiente de a donde nos llevan, como de pequeñas, de excursión en familia y sin fijarnos en los recorridos, normal eramos niñas. Pero ahora se trataba de ser guía, de manejarse en un mapa, que la verdad estoy convencida de que en eso los hombres tienen un sexto sentido, que buena habrá mujeres que lo harán de vicio, pero yo soy nula, y nos estaba costando.
Ya empezamos a caminar (no sin antes hacer unos cuantos "selfies" yo vaya a ser que luego fuera tarde y no estuviéramos para esas cosas) por una carretera sin acera, normal la gente si pasea tendría que hacerlo por la nieve esquivando la naturaleza. Aun así logramos seguir el camino que era y tras mi paso lento mis dos amigas continuaban más adelante que fue perfecto para marcar un buen ritmo. No nos olvidamos de las caídas, una o dos de cada. No podía evitar reírme, es algo cruel pero no hay cura, pasa y no hay remedio que reírse y luego ya ayudar a ver si ha pasado algo, pero la carcajada se la lleva. Nos adentramos en una cuesta, bueno en un bosque y todo cuesta arriba, era muy guay parecía interminable y resbalarse era de lo más habitual.
Más tarde dejamos atrás las cuestas de subida para comenzar con las de bajada, bastante peligrosas, acompañadas de puentes que pocos méritos hacían de su significado, pues eran ríos y a veces ni eso. Pero es la naturaleza, es la variedad y me parece fantástico que siga existiendo tal cual, sin alterar nada. Aunque da miedo decirlo porque al poco seguro que ya están teniendo una idea brillante para quitar todo lo sano y gratuito (Por el tren no, que se suben un poco a la parra, ¿oferta y demanda no?) que queda.
Después el viaje estaba a la mitad, nos quedaban como cuatro horas y llevábamos como dos, casi nada. Pero mi pesimismo lo llevaba mi amiga Raquel, yo saque mi instinto de supervivencia y solo pensaba en el ahora, porque más vale quejarse que empieza a dolerte todo aun más, es todo psicológico. A ella le entro el pánico por si anochecía y metió la marcha. Pero entonces llegaba el peor camino o al menos el más frustrante donde durante kilómetro y medio andábamos por nieve que nos llegaba casi a las rodillas, era como un camino de minas, y si fuera así hubieran caído como cincuenta por persona. Igual suena exagerado, no los conté pero era azar, y claro al rato caminar por un campo sin nieve era una bendición. Es que es como querer y no poder, yo pensaba siempre que me ayudaría físicamente, que el deporte es muy bueno y tiene su sacrificio, grandísimo sacrificio.
Por eso admiro a tantos que escalan y luchan, y se ponen retos y los logran, hasta aquellos que se quedan en el camino, por problemas externos. Son grandes, muy grandes, tienen un merito enorme, un esfuerzo que tiene una de las mejores recompensas, el mayor de los orgullos y del autoestima.
Por ello al terminar el último recorrido, y llegar a La Isla (No era el último recorrido, tendríamos que haber llegado a Rascafría pero quedaban como siete kilómetros, y después de haber logrado pasar diez, encima para nosotras que no pisamos casi el campo, ya nos sentíamos las reinas del mundo. Además mucho mejor sentirnos así, que acabar agotadas y hasta con asco, yo ya llegaba a odiar la nieve, porque si siempre se ve como bonito y porque no la tenemos siempre pero en ruta... que me libren ya he tenido bastante.
Y claro que pienso repetir, que esta ruta no ha sido nada negativa, nos ha hecho crecer, de verdad lo creo pero claro todo esto ha sido puro esfuerzo y cuesta y da impotencia, pero la alegría de lograrlo fue realmente especial y no creo que olvidemos este día ninguna de las tres.
P.D: Gracias Rocío por esta aventura, y Raquel gracias por todo y por tanto.









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